LADRILLOS CON HISTORIA

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“Una pared llena de carteles es como un poema anónimo…”

Subjetividad del tiempo

Julio Cortazar

 

 

 

Las tres series que componen el último trabajo de Anamaría Gutiérrez de Piñeres, presentan una evidente reflexión sobre la materia y la subjetividad. De manera poética, la artista realiza un ejercicio de exploración íntima, que da cuenta de su recorrido personal sobre eventos particulares de su propia vida, a través de la puesta en el espacio de obras tridimensionales.

 

La instalación central, un muro construido por ladrillos que son cubiertos por una suerte de capas de memorias, pareciera que está perdiendo su equilibrio y se desploma sobre el suelo. La caída de este muro denota la intención de materializar la transformación que implica el final e inicio de un nuevo ciclo; también representa el bajar la guardia para abrir la posibilidad de cambio, y es precisamente el movimiento e inestabilidad de los ladrillos lo que permite esa renovación.

 

Cada fragmento que compone esta instalación contiene en sí mismo un universo de lenguajes en los que se combinan capas de carteles publicitarios, afiches, cartas, diarios, huellas y caligrafías; y a su vez, estos, interactúan con la reconstrucción de imágenes repintadas, rescatando lo que se ha ido perdiendo en este devenir de la transformación de la materia. Es un proceso en que se juega con el accidente, pero que, de manera consciente, la artista retoma el control y le confiere a lo representado, un estado de cierta limpieza y legibilidad en el que se pueden reconocer algunos códigos comunes para quienes los observan.

 

La tarea de escritura constante en un diario, ha permitido que la artista desarrolle un lenguaje que parte de lo indescifrable. Esta especie de caligrafía ilegible, tiene su origen en un sueño en que Gutiérrez de Piñeres sufría de la incapacidad de expresar, y solo podía comunicarse a partir de letras y signos incomprensibles. Como resultado de esta experiencia onírica, la segunda parte de esta exposición, nos presenta una serie de composiciones realizadas con delgadas varas de alambre tratado, ensamblados en una superficie de papel sobre madera, en que, en una especie de marañas del material metálico, se representan mensajes en hojas de papel de cuaderno escolar. La tridimensionalidad que se le asigna a este lenguaje a partir del contraste de luz que se genera sobre la superficie, produce en el ojo del observador la sensación de movimiento de esta caligrafía codificada, y las líneas representadas incitan a la libre interpretación de los mensajes que se pueden vislumbrar.

 

Por otro lado, encontramos la composición de varios ensambles de bloques de concreto, rosas y malla de metal, que cubiertos por cemento, adoptan una imagen de congelamiento y perpetuidad en el tiempo. La interacción entre estos materiales, generan una mirada nostálgica sobre el devenir de la vida -el proceso natural en que la muerte hace presencia al final del ciclo vital-. Los bloques de concreto evocan las bóvedas que se encuentran en los cementerios, acompañados de flores que adornan estos recintos de descanso de los fallecidos. Cada rosa de esta obra ha reaccionado de una manera particular al contacto con el cemento blanco y negro, siendo esta singularidad parte del mensaje en que la belleza se sobrepone a las variadas circunstancias que se puedan presentar.

 

Anamaría Gutiérrez de Piñeres nos presenta una exposición que da cuenta de la posibilidad de comunicar e interrelacionar lo que muchas veces es indescifrable, hace evidente lo que, aunque en el inconsciente es incoherente, al materializarlo en un ejercicio de experiencia plástica, permite visualizar y experimentar el encanto del caos, del accidente y de lo incomprensible.

 

 

Alejandra Fonseca

Curadora